
Estábamos en Nueva York, después del largo viaje la Gran Ciudad se abría seductora ante nuestros ojos. Tomamos el metro y nos dirigimos al restaurante en el que veríamos a nuestros amigos, la sexta y la diez calle nos dijeron. Porque somos gente de ciudad estábamos acostumbrados a seguir instrucciones no muy precisas, pero no nos costo llegar a nuestro destino. Nos sentíamos como en casa, una casa fácilmente imitada por grandes trozos de concreto y asfalto, gente en la calle, establecimientos eternamente abiertos y el anonimato voluntario y delicioso que te da el estar entre millones de personas que no dan un centavo por ti.
Jamás nos habíamos sentado en un restaurant en Nueva York, la primera vez que vinimos la pasamos comiendo pan y café en los delis de las esquinas.
Esta vez era diferente, veníamos dispuestos a sumergirnos en las aguas profundas del Imperio. El restaurante situado en lo que llaman The Village era un sótano bien decorado por velas y cortinas de terciopelo, para pasar a nuestra mesa tuvimos que hacerlo a través de la cocina, saludamos al Chef y nos sentamos al lado de una ventana.
El menú por supuesto no tenía precios, pero Venus y yo, ni siquiera nos miramos, pusimos atención en las recomendaciones de nuestros amigos y nos dejamos llevar en ese instante por el canto de la Ciudad.
Leíamos: Beautifully roasted piquillo peppers stuffed with goat cheese served over a pestolike sauce.
Roasted Calamari and haricots verts cut into slender "tagliarini”
Bowl of cauliflower florets caramelize blended with
Dejamos que Vince ordenara por nosotros, después de todo él era quien conocía los protocolos de estos espacios. Sin querer, hacía cuentas en mi cabeza de cuanto tiempo tenía sin comer de este modo, no estaba triste lo que estaba era sorprendida de vivir la tan estudiada querida y odiada acumulación de bienes servicios conocimiento cultura arte belleza desigualdad arrogancia todo mezclado y servido en ese mismo instante.
Sólo en lugares como este se puede vivir, comer, sentir así. Sin importar quien eres, que haces… la ciudad simplemente se abre y te deja penetrarla. El mesero llegó y saludo de nombre a Vince, intercambiaron un par de frases en portugués antes de que el mesero dejara nuestra mesa.
Volvió en unos minutos con un vino en la mano, lo descorchó y sirvió la copa de Vince, después del ritual nos sirvieron vino a todos en unas copas altas y anchas, trajeron el primer curso. Tres platos pequeños llegaron a la mesa, compartimos de los tres, lo que al final fue un par de cucharadas de cada cosa, las cantidades eran minúsculas en comparación con las tradicionales porciones de la comida americana. Mi pobreza interior me gritaba que me quedaría con hambre.
Atún tartaro con pimientos en salsa de curry, el primer bocado me hizo tener una reacción inmediata de alerta, lo sentí no sólo en mi paladar, lo sentí en el pecho, entre mis piernas, la sensación era irresistible, rogaba para que no terminara nunca…Tomé mi copa y di un pequeño sorbo al vino, casi tímida por no saber si podría recibir más placer, cerré los ojos para concentrarme, borrar cualquier estímulo que interfiriera con lo que vivía en ese aquí en ese ahora. Miré de reojo a Venus quien me miró directamente a los ojos, su mirada no era de sorpresa, su mirada era un clamor, era una frase que me confirmaba lo sagrado de aquel momento.
Volví mi mirada a la mesa, me di cuenta… ese había sido solo el primer bocado…mi miedo al hambre se desvaneció.